Los años 90


Dice que “a toro pasado todos somos muy listos”, pero si analizamos con objetividad, sensatez, cordura y sobre todo autocrítica, se llegaría a la conclusión de que las cosas no se hicieron demasiado bien para enderezar un carnaval que desde hacía años se venía torciendo cada vez más.

Los motivos de este progresivo decaimiento podrían ser múltiples y complementarios entre si.
La novedad inicial comienza a convertirse en algo reiterativo y por tanto menos atractivo, el tirón que la fiesta tenía en la comarca se perdió al organizar cada pueblo sus propios carnavales, el escaso nivel de respuesta y aceptación popular que tuvieron las actividades que desde el Ayuntamiento se organizaban: desfile de brasileñas, un carpa excesivamente grande que cubría toda la Plaza y a la que resultaba más difícil dar un cálido ambiente, un cada vez más pujante carnaval de Badajoz que traía masivamente a muchos aficionados de la fiesta incluso de nuestra propia ciudad, una falta de atención mediática, pues los medios de comunicación en muchos casos se dedicaron más a resaltar en prensa o radio lo que no había funcionado y a ningunear o despreciar las partes positivas que también se habían producido. Que doloroso y a la vez frecuente resultaba escuchar entre muchos ciudadanos “Que mal han estado este año los carnavales, yo me he ido en Badajoz”, mientras un pensaba para si mismo con rabia contenida, ¿si no has estado presente, como puedes saber que han estado mal? Y además, no sabe uno si es algo subjetivo, pero daba la sensación, o por lo menos a mí, de que esos comentarios se hacían con cierto transfondo de satisfacción, y es que daba la sensación de que muchos se alegraban de que esta fiesta no tirase para adelante

Se intentaron algunas soluciones. Lo primero organizarse, para lo cual se creo una Federación de Comparsas, que nación con fuerte carácter reivindicativo en torno al martes de carnaval. Se organizó incluso una tamborada en las puertas del ayuntamiento la noche en la que se celebraba el Pleno en el que se decidía la supresión del día festivo.

Otros intentos por reactivar la fiesta fue la organización de una Plataforma para la Recuperación del Carnaval por parte de la asociación de bares y pubs de la zona centro, con el propósito de crear un circuito que impulsara la fiesta. Para ello se organizó una reunión en el pub Alcandoria a la que asistieron una veintena de empresarios y cuyas conclusiones se le trasladaron a la entonces concejala de festejos, Tenti Martínez. La propuesta contenía la celebración de concursos, decorar los locales, montar escenarios en Santo Domingo, Santa Clara y Plaza de España. Todo ello se presupuestaba en 2,6 millones de pesetas, cuya financiación correría a cargo de casas comerciales y de los bares y pubs implicados.

Este loable intento por parte de los empresarios, quizás llegaba algo tarde, pues esta reacción debería haberse producido antes, cuando los primeros síntomas de decaimiento empezaron a manifestarse.


No obstante este año, gracias sobre todo a los escenarios, el ambiente callejero fue algo mayor, pero por supuesto nada comparable a los primeros años.

A la hora de hacer balance nuevamente se cayó en el error de comparar el ambiente carnavalero con el de los 80, y evidentemente esto es una batalla perdida que claramente perjudica el carnaval, pues en el ambiente de la ciudad cada vez se extendía una mayor pasividad y apatía una creciente opinión acerca de lo mal que estaba la fiesta.
En siguientes años se volvieron a introducir novedades, llegando incluso en una ocasión a organizar juegos populares en la isla, lugar la verdad poco propicio para genera ambiente festivo en la ciudad.

Lo que si estaba claro es que el carnaval iba en un progresivo decaimiento, llegando a su culmen en el año 1997, edición en la que llegó hasta a no ponerse la habitual caseta, por lo que el ambiente callejero fue nulo, pues incluso hasta las comparsas, que es lo que se redujo el carnaval, incluso llegaron a verse menos por la calle, posiblemente contagiados de la escasa frialdad con la que ciudad recibió a la fiesta.

Y es que era de esperar, el gran error que se produjo fue el de meter al carnaval dentro del debate político de la ciudad. Entrar en ese juego, que desafortunadamente aún se mantiene, significa que de partida ya cuentas con una parte de la población en tu contra. Además servir de arma arrojadiza política lo único que servía era que los días previos a la fiesta únicamente salieran noticias negativas en prensa, y con semejante caldo de cultivo resulta imposible generar un clima optimista que invitara a la participación ciudadana. La conclusión de todo este desaguisado, era que salvo a los miembros de las comparsas y el resto de allegados, el resto de aficionados al carnaval, que los había y muchos, optasen por marcharse a disfrutar de la fiesta a Badajoz o bien a quedarse en casa.

El último intento por reactivar el ambiente carnavalero y con el que casi se cerraba la década fue la de orientarla en torno al carnaval romano. Así tras la conversión de la antigua Federación en la Asociación Cultural Carnaval Romano, se decoró las zonas aledañas de la plaza de Santa María con columnas romanas, antorchas, guirnaldas y hasta una espectacular puerta similar a la del escudo de la ciudad, y que daba acceso a la ciudad.

El gamberrismo y el viento se encargaron de que el decorado durase solo una noche, y si a eso le añadimos un frío excepcional, nos volvimos a encontrar con que el ambiente no fue el deseado. Se cometieron algunos errores graves, pues por ejemplo la noche del lunes, después que el martes volvía a ser fiesta, quedó totalmente desangelada y sin actividad programada alguna. Si hasta no había audio en la plaza de Santa María para anunciar los premios de los concursos que entonces se hacían de cuplés, pasodobles, presentación y popurrís.

No obstante la idea de hacer un carnaval romano era buena, y si se hubiera trabajado con constancia y tratando de ir corrigiendo fallos año tras año, se optó por su supresión (salvo el nombre), lo que supuso quizá perder la ocasión de buscar unas señas de identidad propia de nuestro carnaval, y que permitiera lanzarlo con el tiempo fuera de nuestras fronteras.

Y así acabamos la década con más de lo mismo, si bien en este caso el escenario popular con sus consabidos concursos paralelos se traslada a la “plaza de los melones” (justo delante del desaparecido LUSI, hoy Hotel Merida Palace).

El resto de actividades como son el desfile y el entierro de la sardina continuaron manteniéndose, el primero con mayor nivel de éxito que el segundo, en el cual la participación iba siendo cada vez más escasa.

Como resumen y a modo de balance de esta nefasta década para nuestra fiesta podemos destacar los siguientes aspectos negativos: falta de constancia y claridad a la hora de mantener un programa atractivo (una año se hacían actividades en el polígono, otro en la isla, otro en tal plaza), no saber abrir la fiesta al prueba y encerrarnos cada vez más en torno a concursos de cuplés y pasodobles en los que los miembros de los grupos hacían de público, o lo que es lo mismo nosotros nos cantábamos a nosotros mismos, no encontrar nuestras señas de identidad propias y lo que peor convertir al carnaval en arma electoralista, cuando precisamente la esencia de esta fiesta es que debe estar hecha por y para el pueblo y no desde las instituciones (y solo hay que repasar como lo hacían nuestros abuelos en los años 20 y 30)

La parte positiva fue la clara consolidación del concurso de comparsas, con la aparición de nuevos grupos que venían con una fuerte proyección como los Chicos de Chunga, Los Escocíos que después se transforman parcialmente en Los Pilinguis, La Carcajá y al final de la década los Tagorichis, que se unieron a La Marara y los Cazurros como únicos grupos supervivientes de los 80.

Pero la mejor noticia sin duda alguna, fue el mantenimiento durante todos esos años de un concurso infantil que sirvió de cantera para futuros carnavaleros que al pasar a la edad de adultos provocó la entrada de savia nueva con grupos que incrementaron en cantidad y calidad el concurso de comparsas, las cuales gracias a ellas, podría afirmarse con total rotundidad, que el carnaval no murió en Mérida.    
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